La Tercera Luz
Dos Segundos..
CAPÍTULO 1: LA RUTINA Y EL PERRO
Cada mañana salía a la misma hora. Saludaba a los mismos vecinos. Caminaba las mismas cuadras. Y, sin embargo, nada era igual dos veces. Porque las personas nunca eran una sola cosa; cambiaban según las circunstancias, como si cada día se probaran una máscara distinta antes de cruzar el umbral de la puerta.
Frente a mi casa vivía un perro. Grande. Mestizo. Pelaje oscuro. Ladraba a casi todos. Bastante cabrón había resultado ser.
Al cartero, con una furia antigua; no sé qué es lo que les pasa con los carteros, será el uniforme.., la bicicleta.. o ese olor a papel. A los hombres apurados, los miraba con una desconfianza que parecía juicio. A algunos vecinos, simplemente, los miraba con odio.
Pero por las mañanas, cada tanto, pasaba una señora mayor con una bolsita de compras. Caminaba despacio. Mirada baja. Paso corto, como si tuviera miedo de romper la vereda. El perro no ladraba. Nunca. Ni siquiera se inmutaba. Se acercaba a la reja con una calma de estatua. Movía apenas la punta de la cola, un gesto casi invisible. A veces se sentaba y la veía pasar con un respeto que ningún humano en esa cuadra le tenía a la anciana. Como si supiera algo… no sé, ni idea que podría ser. Pero algo veía, y el perro lo sabía.
Yo lo observaba desde la ventana, con el café enfriándose en la mano. —Vos ves algo —decía para mí mismo en voz baja—.
Seguro que ves algo; y yo, me estoy perdiendo…
